img src="http://www.lacoctelera.com/bohemia/imagen/Bohemia" width="379" height="414" class="imgdcha" Vuelven los ecos.
Vuelven…
No me mires, no me toques, no me hables.
Así el murmullo de tus calles Buenos Aires.
Intenté abrazar tu piel de hormigón en penumbras, y me dijiste que no te mirara, que no te tocara, que no te hablara.
Me escondí en tu otoño gris, resistiendo tu plegaria. Yo quería pasar inadvertida, no te tocaba, ni te hablaba; pero te oía y te miraba. Tanta pena en tus veredas que se acurrucaban para que el sol no las viera.
En invierno no te miré, ni te toqué. En la terraza de Cangallo me invitaba a fumar el sol, y vos me lanzabas tu frío austral. Yo no te miraba, pero te imaginaba allá abajo, vestida de penumbras al mediodía.
Y no me callé, Buenos Aires. Te hablé con las palabras del silencio que son como gritos frente a tu murmullo de no me mires, no me toques, no me hables... Pero no querías escucharme y yo no podía desnudarte de esa obsesión.
Indiferente Buenos Aires, me raptó la primavera y me llevó lejos de tus calles. El jugo de las naranjas y la miel de cañas me pegotearon a las montañas. El sol no se hizo rogar más y me invitó a su lecho. Ahí todo parecía estar presto para mirar, para tocar, para expresar… Y así todo fue hecho.
Sombría Buenos Aires, hoy extraño tu murmullo, tu ruego lascivo de no me mires, no me toques, no me hables…
Cómo te hacés desear, excitante; reprimida en hormigones, lejana, misteriosa: Buenos Aires.
-Tocame, mirame, hablame…
Bohemia
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